Lo brillante de cobrarle $350.000 dólares a un extranjero por la tranquilidad de poder refugiarse en Argentina si estalla una tercera guerra mundial o su país se vuelve invivible es que Argentina cobra hoy por una posibilidad que quizá nunca se utilice.
El argentino promedio paga impuestos durante toda su vida, pero también recibe servicios, prestaciones y una jubilación. Este extranjero empieza aportando $350.000 dólares, incluso si sigue viviendo fuera y no utiliza ningún servicio público. Y si algún día se instala en Argentina, probablemente, por su capacidad económica, termine pagando muchos más impuestos que el ciudadano argentino promedio.
España sigue una lógica contraria: permite acceder a la ciudadanía sin exigir una aportación económica semejante ni garantizar que quien la obtiene sea un contribuyente neto o que tenga trabajo. Puede recibirla alguien que utiliza servicios y prestaciones sin aportar impuestos. Para mí, ese es el error de España y el acierto de esta propuesta para Argentina: atraer a personas que empiezan contribuyendo, antes incluso de llegar.
Si se consiguieran 100.000 extranjeros dispuestos a hacerlo, entrarían 35.000 millones de dólares. Dudo que se llegue a esa cifra, pero sirve para entender la magnitud de la oportunidad.
Para ellos, es un seguro frente al miedo a lo que pueda pasar en sus países. Para los argentinos, es dinero que puede reducir la deuda, financiar servicios o permitir que paguen menos impuestos. Argentina tiene algo valioso que ofrecer: la tranquilidad de tener adónde ir cuando todo lo demás falla.